domingo, 28 de enero de 2007

La corte de los lios

Pocas óperas que podemos incluir dentro del grupo denominado “de repertorio” han sufrido tantos tumbos a la hora de su composición como Don Carlos. Y es que los quebraderos de cabeza comenzaron a cebarse con el gran Giuseppe Verdi desde el primer momento en el que decidió ponerle música a este drama con base literaria en la obra homónima que firmaba Friedrich von Schiller en 1787.
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El compositor había recibido desde París el encargo del editor Léon Escudier de componer una nueva ópera. Verdi, que se sentía atraído por España y por su historia, decidió basar su nuevo título en la figura del mítico Felipe II. Le aconsejaron usar como base literaria el “Don Carlos” de Schiller, propuesta que nuestro protagonista aceptó. El libreto, obra Joseph Méry y Camille du Locle, es en general bastante fiel a la obra del alemán. Así, en la ópera encontramos a un infante que sigue siendo ese joven ardiente y pasional que se enamora de su madrastra y que sin ningún temor se lanza a defender los intereses del pueblo de Flandes y a un Felipe II enervado ante la rebeldía de su hijo y que no duda un momento en hacerle preso en su propia corte, rindiendo de esta manera fidelidad a los testimonios históricos fechados alrededor de 1568.
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Verdi comenzaba pues la ardua tarea de la composición de la partitura. Cuando ya había realizado gran parte del trabajo decidió trasladarse a París para culminar allí su obra. Sin embargo, cuanto más revisaba la partitura, menos satisfecho se encontraba y más larga le parecía. Posiblemente presa de un afán perfeccionista, el de Busetto no paraba de cortar escenas, adaptar partes y reescribir compases, decisiones que irremediablemente afectaban a los libretistas, que se veían obligados a cambiar el texto una y otra vez. Entre tanto ajetreo llegaron los ensayos de la obra. La duración de la función, entreactos incluidos, superaba las cinco horas de duración, cosa que a Verdi le pareció totalmente excesivo. Emprendía así un trabajo de mutilación de la partitura, eliminando escenas y números que a su juicio eran prescindibles para el día del estreno. Esa jornada tuvo lugar el día 11 de marzo de 1867, en el Teatro de la Ópera de París. A pesar del gran trabajo que la partitura le había dado a Verdi, la obra tan sólo cosechó un discretísimo succès d´estime.
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En su forma original, la ópera se consideró demasiado larga para los teatros italianos, por lo que el autor decidió introducir modificaciones para hacerla más apta para su país. La tarea de la traducción del libreto al italiano fue encomendada a Antonio Ghislanzoni, más conocido por ser el autor de Aida. De esta manera, la versión italiana se estrenaba en el Teatro San Carlo de Nápoles en 1872. Sin embargo, la revisión más profunda es la que Verdi realizó para el estreno de la ópera en la Scala milanense en enero de 1884. Las modificaciones comenzaron por el libreto, traducido esta vez desde el francés por Achille de Lauzières y Angelo Zanardini. Y continuaron por la música. Entre las modificaciones más patentes se encuentra la eliminación total del ballet y la supresión del primer acto, cuyo desarrollo tiene lugar en Fontainebleau, además del cambio de localización de varios números y la adición de nueva música. Parecía que esta iba a ser la versión definitiva de la ópera, pero nada más lejos de la realidad: en 1886, con motivo de unas representaciones de la obra en Módena, Verdi volvió a modificar la partitura y reintrodujo el primer acto en la misma. A pesar de todas estas modificaciones y reelaboraciones, Don Carlos no tuvo una dilatada vida sobre los escenarios.
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Tras la agitada historia de la composición y posteriores adaptaciones de la partitura de esta ópera, podemos pasar a su desarrollo argumental, que os vuelvo a presentar de forma detallada por cortesía de Rafael Torregrosa. El primer acto comienza en el bosque de Fontainebleau. En este paraje se está celebrando una cacería. La princesa Isabel y su paje Tebaldo, que se han separado del grupo de los cazadores, salen de escena para unirse a ellos. El príncipe Carlos, hijo de Felipe II de España, va a contraer matrimonio con Isabel, y, solo, manifiesta su alegría. La princesa, sin embargo, no conoce a su prometido y ahora, cuando ella regresa a escena, el príncipe se presenta como un miembro del cortejo español. Pero muestra a la princesa un retrato del que dice es el príncipe, como lo es en realidad, y ella reconoce que quien le habla es su prometido. Ambos confiesan su mutuo amor. Pero cuando Tebaldo, que los había dejados solos, regresa, les trae el mensaje de que el rey Felipe ha solicitado en matrimonio a la princesa Isabel. Y la profunda tristeza de los dos jóvenes contrasta con el jubiloso coro de cortesanos que se acercan para felicitar a la princesa que va a ser reina de España.

Pasamos al segundo acto. El matrimonio entre Isabel y el monarca ya es una realidad. En el claustro del monasterio de Yuste, junto a la tumba de Carlos I, se escucha el cántico de los monjes. Al amanecer, entra en escena Don Carlos, al mismo tiempo que se marchan los monjes. Su conversación con uno de los frailes revela que al espíritu del Emperador, o tal vez el propio Emperador, que realmente no habría muerto, se ve a veces vagar por los claustros del monasterio. Rodrigo, amigo de siempre de Don Carlos, entra ahora, acabado de llegar de Flandes. Se siente angustiado por los problemas de su amigo el príncipe y le pregunta la causa de su tristeza. Don Carlos le dice que ama a la esposa de su padre. Rodrigo le aconseja que abandone Madrid y que obtenga permiso de su padre para marchar a Flandes y demostrar su valor ayudando al pueblo oprimido de aquellos estados. Ambos jóvenes se juran amistad eterna y piden a Dios fuerzas para luchar por la libertad. Entran en escena el Rey y la Reina; el Rey se arrodilla un momento ante la tumba del Emperador, y salen después sin pronunciar una palabra. Los monjes reanudan sus cánticos en sufragio del Emperador, y Don Carlos, momentáneamente conturbado por la presencia de Isabel, vuelve a cantar con Rodrigo su amistad. Tras el dúo, la escena se traslada a un jardín, donde las damas de la corte se solazan. El paje Tebaldo se les une y después lo hace la princesa de Éboli, que canta una canción morisca, acompañada por Tebaldo y las damas. Entra la Reina y un momento más tarde lo hace Rodrigo, que acaba de regresar de París. Entrega a la Reina una carta de su madre y al mismo tiempo desliza entre sus manos una nota. Mientras que Rodrigo y la princesa de Éboli hablan de París y de las noticias que el primero ha traído de allá, la Reina lee la nota; es de Don Carlos, solicitando verla, petición a la que se une Rodrigo. La Reina acepta. Entra Don Carlos y los demás se retiran. Al principio Don Carlos pide a la Reina que persuada al Rey para que le nombre gobernador de Flandes; pero cuando, en un momento determinado, ella confiesa que ama al príncipe, él pierde el control de sí mismo y se le dirige apasionadamente. Ella se aparta, preguntando si lo que quiere decir el príncipe es que intenta matar a su padre y casarse con ella, y Don Carlos, trastornado, se marcha precipitadamente. Anunciado por Tebaldo, entra ahora el Rey, quien, profundamente disgustado por ver a la Reina sola, despide a la dama que debería haberla acompañado en esos momentos. La dama llora desconsoladamente e Isabel la consuela. Rodrigo y las damas de compañía se enternecen ante aquella escena y el propio Felipe, que abriga sospechas de infidelidad hacia su esposa, siente cierta conmiseración y está casi decidido a creer en su sinceridad. Rodrigo queda a solas con el Rey; éste le pregunta si quiere pedirle algún favor. Rodrigo le solicita que alivie la miserable situación de los asuntos públicos en Flandes, donde los protestantes están siendo perseguidos; pero Felipe, inconmovible, dice a su vez a Rodrigo que se guarde del Gran Inquisidor. En un momento de confidencias le comunica a Rodrigo sus sospechas acerca de la relación entre Isabel y su hijo Carlos, pidiendo a Rodrigo que la vigile muy de cerca. Pero en la despedida a Rodrigo, el Rey vuelve a advertirle que tenga cuidado con la Inquisición.
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Turno ahora del tercer acto. Don Carlos ha recibido una nota anónima (que él supone de la Reina) señalándole una entrevista: deberá estar en los jardines a medianoche. El príncipe se presenta allí; aparece una dama cubierta con espeso velo, y Carlos le canta su amor. De repente se da cuenta de que no es la Reina sino la princesa de Éboli, a la que ha abierto su corazón. En efecto, la princesa ama a don Carlos, pero se ha dado cuenta de que las palabras de éste iban dirigidas a otra dama distinta, la Reina. Llega Rodrigo y trata de aliviar la situación, pero la de Éboli, furiosa de celos, le advierte que está determinada a una dura venganza. Cuando ella se marcha, Carlos y Rodrigo vuelven a jurarse amistad total, y el príncipe confía a Rodrigo unos documentos secretos, de importancia vital, relacionados con los líderes revolucionarios de Flandes. Ahora en una plaza frente a la catedral todo está preparado para un auto de fe. La multitud canta en honor del Rey. Por su parte, los monjes entonan cánticos funerarios, mientras conducen a los condenados. Después la multitud y la corte forman una procesión, uniéndose a los cánticos, y finalmente a ellos se unen el Rey y la Reina, que se sitúan en el lugar principal. Llega ahora Don Carlos, al frente de una comisión de seis nobles flamencos, que se postran en súplica ante el Rey, pidiendo misericordia para su pueblo, pero el rey se niega a escucharlos. Ahora, el príncipe Carlos se adelanta y pide a Felipe que lo nombre gobernador de Flandes, en cuyo puesto podrá probar su capacidad para ser rey en el futuro. Felipe rechaza su petición, porque no quiere dar a su hijo poder alguno que pueda utilizar contra el Rey. Fuera de sí, Don Carlos desenvaina su espada en presencia del monarca, lo que constituye un grave ultraje al monarca. Este pide que desarmen al príncipe; nadie se atreve a hacerlo. Y después de unos momentos de estupor es Rodrigo quien desarma a su amigo el príncipe, por lo que el Rey, en el mismo momento, le concede el título de duque en reconocimiento de aquel servicio. El pueblo vuelve a entonar sus cánticos en alabanza de Felipe y a su vez los monjes entonan sus plegarias funerales. Desde el Cielo, una voz proclama gloria futura para quienes han sido tratados tan cruelmente en la tierra. Se prende fuego a la pira funeraria y todos, menos los condenados, cantan la gloria de Dios.

El protagonista del comienzo del cuarto acto es el rey Felipe, que medita tristemente en la soledad de su estudio sobre su desdicha amorosa. Entran el Duque de Lerma y el Gran Inquisidor. El Rey pregunta qué castigo debe administrarse a Don Carlos y el Inquisidor aconseja la pena de muerte, señalando ante los escrúpulos del Rey, que Dios sacrificó a su propio Hijo. El Inquisidor pide ahora a Felipe que entregue a la Inquisición a Rodrigo, sospechoso de conspirar contra la Iglesia. El Rey se resiste, pero el Inquisidor, antes de abandonar la estancia recuerda a Felipe que ni siquiera el Rey está por encima de la Inquisición. Entra ahora Isabel y pide justicia porque le han robado su joyero. El Rey se lo muestra y le pregunta por qué tenía entre sus joyas una miniatura del príncipe Carlos. Ella le recuerda que antes de ser Reina de España estuvo prometida al príncipe, pero el Rey no acepta sus explicaciones. La Reina se desmaya, y Felipe llama en su ayuda a Rodrigo y a la princesa de Éboli; ésta, que fue quien entregó el joyero al Rey, se reprocha ahora su traición. En un cuarteto, cada uno expresa su reacción ante el momento; y cuando los dos hombres se han marchado, la de Éboli pide perdón a la Reina por su traición, al mismo tiempo que le hace conocer que ama a Don Carlos y que a su vez ha sido amante del Rey. Isabel le ordena que abandone la corte, marchándose al exilio o ingresando en un convento. Cuando se queda sola la princesa de Éboli se lamenta de lo fatal que ha resultado ser belleza, pero se promete ayudar al príncipe Carlos a escapar de su injusto castigo. Carlos, en un calabozo, recibe la visita de Rodrigo, quien le dice que los documentos que había recibido del príncipe fueron encontrados por la Inquisición y que por ello la Inquisición le busca. En este preciso momento entra un asesino a sueldo de la Inquisición y dispara contra él. En sus últimos momentos dice a Carlos que la Reina se encontrará con él al día siguiente y le encarga que traiga la libertad a España y a Flandes.El Rey, rodeado de dignatarios, llega para devolver su espada a Don Carlos, pero éste acusa a su padre de ser cómplice en la muerte de Rodrigo. Fuera de los muros del recinto se escucha el clamor de la multitud que pide la libertad de Don Carlos. Los nobles se llenan de temor, pero el Rey ordena que se abran las puertas. La princesa de Éboli, disfrazada, ayuda a escapar al infante. Aparece ahora el Gran Inquisidor y ordena a la multitud que se prosterne en homenaje al Monarca elegido por Dios. Así lo hacen y piden clemencia al Rey.

En el quinto y último acto vemos como Isabel invoca al fallecido Carlos V a los pies de su sepulcro en el Monasterio de Yuste. La reina se despide amargamente de su pasada felicidad y recuerda los venturosos días de su juventud en Francia. Aparece don Carlos y ambos cantan un dúo en el cual reconocen que su mutuo amor sólo podrá cumplirse en la otra vida. Entra ahora el rey Felipe con el Gran Inquisidor y la guardia. Cuando los soldados van a apresar a los enamorados, se abre la tumba del Emperador y de ella emerge una visión, con hábito de monje, que se lleva a Don Carlos con ella, ante el espanto de todos los presentes. El grupo reconoce que la fantasmagórica presencia no es otra que Carlos V. Ante el estupor general, culmina la ópera.

Hubo que esperar hasta 1970 para poder ver sobre un escenario esta trama con toda la música que inicialmente compuso Verdi para el estreno parisiense de la obra y que posteriormente terminó mutilando debido a lo extenso de la duración del espectáculo. El artífice de esta recuperación fue el musicólogo británico Andrew Porter, que descubrió en la Biblioteca de la Ópera de París todo el material eliminado, iniciando así una labor de reconstrucción de la partitura original que se vio culminada con su presentación en concierto en el Camden Theater londinense el 22 de abril de 1972. La grabación de esta recuperación, comercializada por sellos discográficos como Opera Rara o Ponto, es la que a continuación os presento:
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El elenco protagonista de este concierto, francófono en sus roles principales, se presenta cohesionado y sin fisuras. El rol titular lo defiende el tenor André Turp, de voz elegante pero no especialmente potente. Edith Tremblay destaca el carácter débil e incierto de la joven reina en una interpretación muy acertada por su parte, mientras que Michele Vilma da vida a una fogosa Eboli llena de dramatismo y en definitiva excepcional. Robert Savoie canta un Rodrigo que no se lleva nada bien con las notas de la tesitura aguda. En el dúo del segundo acto con Felipe se puede escuchar de forma muy clara como varias de ellas literalmente se le escapan. Introvertido monarca el de Joseph Rouleau, bastante interesante desde el punto de vista vocal. Richard Van Allan nos da un Gran Inquisidor un tanto tosco y bastante pálido en su dúo con Felipe, sobrepasado en todo momento por la voz de Rouleau. El reparto lo completan de manera satisfactoria Gillian Knight como Tebaldo, Emile Belcourt como Conde de Lerma, Robert Lloyd en la figura del monje (genial voz para un rol tan intrascendente), Geoffrey Shovelton el parte del heraldo y Prudence Lloyd cantando a la voz celestial. John Matheson comanda con competencia a la BBC Concert Orchestra y a los BBC Singers.

Aqui os dejo los enlaces a esta interesante recuperación. Que disfruteis de la grabación, Gazzetistas:

CD1
CD2
CD3
CD4

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5 comentarios:

PH dijo...

Dottore,gracias por ofrecernos de manera gratuita una parte de tus conocimientos. Además, con una escritura amena e interesantísima que cumple a la perfección la máxima clásica del "docere, delectare"

Gonzalo Tello dijo...

increible!! gracias!! de casualidad tendras mas grabaciones de Opera Rara que puedas compartir? Y si puedes darme algunas pistas de otros blogs con musica asi de interesante. Yo mismo tengo mi Blog, y a ver si compartimos cosas. Te va?

Saludos desde Lima.

Anónimo dijo...

Creo que la grabación de don carlos esta incompleta.. faltan numeros o estan cortados... muchas gracias ante todo y dedicanos más tiempo libre... es de agradecer

Anónimo dijo...

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shahram shokoohi dijo...

Hola como esta amigos? yo se la tema es differente pero quise compartir con usted!excursiones en estambul